Revista Candidus Año 1- No.12 - Noviembre/Diciembre 2000

 

DE AGUA NACEN DESTINOS

Juan José Prieto

Vida... la manera del tiempo

Introducción

            El presente trabajo nos llevará por caminos que hasta ahora no han sido tomados en cuenta, son elementos primarios en toda vida que comienza. La poesía es ese nacimiento que nos acompaña y nos profesa compañía hasta la última morada, y viéndolo bien, en cada ser humano se convierte en un poema, bueno o malo, pero es ella misma la que define sus versos y sus estrofas.

            La vida de doña Luisa Cáceres de Arismendi se colma de poesía, vista como fue toda su existencia un drama, y en ella, cada segundo de su permanencia en este mundo terrenal, es un punto de partida para adentrarnos en su fascinación de mujer heróica que supo alcanzar la gloria de la Patria con el amor colgado en su corazón por este suelo, y por quien fuera el único hombre a quien ella entregara su ser, eso la convierte en poesía. Porque el amor es una forma innegable de belleza, lo vivido, lo consumado, lo estelarmente compartido es la esencia del sentimiento intrínseco que conmueve y hace ver lo imposible como lo más realizable, y presume el desafío, como el noble gesto de un león dormido.

   Será ésta, una aproximación de la palabra al encuentro de un agitado tránsito en un mundo llamado país que se iniciaba convulso y que de prisa reclamaba saltar los muros hacia la libertad, con la pronta metamorfosis de una niña que a los dieciséis años descubre ser madre cuando entre sus manos el cuerpecito de su hijita muerta se convierte en un lejano recuerdo evocado en otros muchos partos.

            La poética retoma, a mi modo de ver, la fidelidad con que Luisa Cáceres, la heroína, se torna en emotiva intimidad con dramas desesperados y una alucinante e insólita muerte que nos convoca a recitar un extenso poema cargado de su propia aventura, con la aspiración de ser expresiva ante la posibilidad de descubrir que asistimos a la simbología de una costumbre que es la vida.

A la puerta de la mañana

   El verde del Avila se hizo intenso, impenetrable, mientras Caracas se hacía más fría. Las pocas manzanas habitadas hacía que todos se conocieran entre las arenosas calles donde las pisadas permanecían hasta que el viento se hiciera cargo de ellas, y en las tardes volvía la soledad a la tierra, porque bajaba la densa niebla y obligaba a los caraqueños a cubrir los rostros. Mientras en la Catedral la mirada de Mons. Francisco de Ibarra Herrera escrutaba a la feligresía en sus reclinatorios.

   Esta era la estampa de una ciudad que despertaba, que se iniciaba a finales del siglo XVIII, donde también se vivía a expensas del recuerdo pasionario, y claro, los celos eran parte de la dieta entre los amores de aquellos días. Citaremos un diálogo entre los esposos Cáceres-Díaz el 25 de septiembre de 1799, es decir poco antes de que naciera nuestro personaje María Luisa Cáceres Díaz. Y le dice José Domingo Cáceres a su esposa Carmen Díaz:

            - Te aseguro Carmen, que si hubieras dado a luz ayer, nuestra hija se hubiera llamado Mercedes.

            -¿Mercedes?, eso nunca. No seas vanidoso, yo no le pondría a una hija mía el nombre de Mercedes, como la novia que tuviste en La Pastora.

- Carmen por  Dios, que Mercedes Bruzual no fue novia mía. Amiga nada más y por encimita. Yo digo que se hubiera podido llamar Mercedes porque ayer fue la fiesta de Nuestra Señora de La Merced y nada más. Sin ninguna otra intención, créeme.      

            Es propicio destacar entonces, no tan solo la salida rápida ante el dilema de haber confrontado el pasado con un momento tan íntimo como es el de tener el primer hijo. La escena es de un teatro donde una cuarta persona aparece aunque sólo haya sido nombrada, para que por unos instantes supla momentáneamente el protagonismo de la hija que pronto ha de nacer.

            Entra en juego una reiteración amorosa cuando con un lenguaje muy costumbrista aduce José Domingo Cáceres: Amiga nada más y por encimita. La inocente expresión pudiéramos visualizarla con los brazos extendidos hacia su mujer en señal de perdón, aunque esconda la realidad de un romance fugaz con la otra dama. Mientras la esposa mira al techo como anhelando que lo dicho por su marido sea la mera verdad y nada más que eso.

   Una vez llegado el esperado momento del parto se lanza la proclama para que del vientre aflore el fruto concebido, es cuando la comadrona Chalía recita el parlamento usual que en la parturienta hace cerrar los ojos para internalizarlo y descubrir que el refugio de sus entrañas se ahueca para dar paso al sueño de varios meses:

   -Respira profundo.

   No te canses.

   Espera, que el muchacho quiere salir.

   No abras la boca.

   Aprieta el estómago.

   Afloja las piernas.

   Aprovecha el dolor para que pujes.

   Ahora puja...puja...puja...

            Estas palabras llenas de aliento la hacían mantener firme el consuelo de mirar ese otro extremo de sí, que se apuraba entre temblores como el maíz cuando se asoma a la tierra. Son estos los versos primeros que hacen acompasar lo gestual maravilloso. El dolor apenas se afinca como dador de un secreto que ocurre en la razón de ser mujer, y la lluvia en los ojos se desborda entre pujar y pujar para asirse al final en la revelación de una mirada donde se anida la ternura.

Suerte al vuelo del cielo

  

  Antes de lo descrito, Juan Bautista Arismendi ya había nacido, el 15 de marzo de 1775. Su primer matrimonio es con María del Rosario Irala, celebrado en La Asunción el 24 de agosto de 1804. En el año 1813 ocurre que el coronel Arismendi acude a una fiesta invitado por su compañero de armas José Félix Ribas en casa de unos amigos de los Cáceres, allí el padre de María Luisa descubre la intensidad con que Arismendi observa a su hija que con apenas catorce años cautivaba al recio isleño.

Aquellos angustiosos momentos provocaron en el padre la necesidad de abordar al Coronel y conocer un poco más de él, y muy hábilmente entabla una particular conversación.

            -¿Usted está solo, Coronel?

            No, yo vine con el Coronel José Félix Ribas, un gran amigo personal de todo mi aprecio.

            - Ah sí, como no. José Félix es muy de casa, nos visita con mucha frecuencia. Pero yo me refería si no vino acompañado con su esposa.

            - No amigo Cáceres, yo no he podido venir con mi esposa, pues hace pocos años he quedado viudo. De ese matrimonio con María del Rosario Irala, que así se llamó mi esposa, nacieron tres hijos quienes están con sus abuelos paternos en La Asunción, todos ellos grandes y buenos.

   En este cruce de palabras se desprenden juicios hacia un hombre sincero, cargado de una gran sensibilidad que va tejiendo en cada pausa, y sin dejar que un ápice de lástima margine el apego de Arismendi a una ausencia que lleva consigo. En el fondo trata de abrirse paso en una sociedad cerrada, derribando de inmediato cualquier manera de ironía que pudiera abalanzares a su temple de guerrero. Luego de enfrentada la tertulia surgida como un relámpago le hace tomar la decisión de iniciar lo que sería para siempre. Fue un candelazo que le mostró de nuevo la costumbre de apegarse a lo sentimental. Las primeras palabras hacia ella fueron cuando se mecía en un improvisado columpio en uno de los jardines de aquella casona:

            -Buenas noches, señorita, ¿de quién está escondiéndose? Me pongo a su disposición para ayudarla.

             Entre tanto José Félix Ribas buscaba la forma de cómo disculparse por no haberlos presentado antes, es entonces cuando hace su aparición una declamación, una lucida cortesía con significantes destellos de enamoramiento, de pretensión, aparece un poema discreto que conserva un innegable respeto hacia la dama, es un momento de diestra caballerosidad que hace sonrojar la blanquísima tez de María Luisa, y deja perplejo a su amigo:

            - Coronel Ribas, permítame no aceptarle ninguna de sus disculpas. Es absolutamente imperdonable que usted me haya privado de conocer antes a la rosa más bella de los jardines avileños, a la dama más preciosa de todos estos contornos, a la más hermosa mujer que jamás haya visto en mi vida, adornada con todos los atributos que enaltecen su hermosura y además, como lo he apreciado aún sin conocerla, recatada, discreta, modesta en sus ademanes.

De aguas nacen destinos

   

            En  1814 luego de perder a su padre y a su hermano Félix, María Luisa, su madre, su hermano Manuel y la famosa Mercedes Bruzual  comienzan  su peregrinar a oriente, que por circunstancias de la azarosa vida son éstos dos últimos los que llegan a Margarita para darle la noticia al Coronel Arismendi que María Luisa y su madre permanecen en  tierra firme.

            El enamorado hombre deja ir entonces en busca de ambas a Mercedes,  que habría de partir desde el Puerto de  Pampatar en la piragua «La Mano de Dios». El destino les sonreía y agraciadamente el tiempo transcurrió raudo haciéndose cómplice de aquellos amores distanciados por la guerra y unidos para la guerra. Una lucha donde el nombre de la patria totalizaba el ímpetu de una querencia que navegaba con los ojos puestos en la  distancia, mientras que de testigo el medio día compartía la sombra de la vela con la áspera quilla que abría caminos sin quejarse de la atadura del salitre.

Una vez más el suelo se le movió a María Luisa, quien levantando la cara, se encontró con la mirada que meses atrás la envolvió en un manto de ternura, sentía deseos de huir ante la amenaza de amar, pero el viento que rompía del farallón le impedía moverse, llamándole por su nombre y soportando el estremecimiento en los labios exclama:

            - Gusto en verlo Coronel Arismendi, agradezco su gentil invitación a conocer la isla.

            Mientras que Arismendi al pisar las viajeras tierra margariteña enmudeció sin desearlo, por un instante miró el horizonte y advirtió que vivía, fue esto lo que atinó a responder:

            -Bien sabe Dios, cómo ha sido mi angustia por ustedes desde que aquí se supo la situación de Caracas y su ocupación por Boves. Bien sabe Dios lo contento que hoy me siento al tener la oportunidad de atender en mi tierra, en mi casa, con los míos, a la honorable familia de mi querido amigo el Profesor José Domingo Cáceres, que en gloria esté.

            Esta afirmación hecha por Arismendi delata un sentimiento puro que viene arrastrando de sus íntimas fibras, un todo alusivo a una prosa en el umbral de una eclosión en el blando corazón de María Luisa, quien a pesar de la transparencia del mensaje no advierte la existencia de qué está ocurriendo en su interior. La decantación insistente de la palabra se entrelaza con la entereza de un testigo indiscutible...Dios.

            El encantamiento produce en el aún no declarado novio, un desvelo inusual en un hombre de su experiencia que poco a poco vencía el hundimiento que de otrora lo embestía y lo deja ver esa noche, cuando el silencio asuntino se escurría entre su asombro y las matas de mango y cocos que abundaban subiendo hacia el Copey:

            ¿Será verdad?, ¿estaré soñando?, ¿será posible tanta dicha? Luisa aquí en La Asunción, en mi casa es decir en su casa, bueno pues, en nuestra casa; ¿será verdad?

   Aunque siguió respetando la promesa hecha al Profesor José Domingo de no precipitarse, esperaba el momento oportuno para amansar el carácter de la muchacha que no perdía oportunidad para hacerle desplantes a la intención pretendida, que se vieron doblegados en corto tiempo ante la insistencia de Arismendi en casarse, y se ven cumplidas éstas cuando el 4 de diciembre de 1814 el Presbítero Pedro Manuel Rivero los declara en casamiento. Atrás quedaba el inusitado pájaro que vuela hacia un amanecer que nunca llega. Se rompía la pendiente para dar paso a la planicie y lo perdido no importaba.

                       

Nubarrones en los sueños

 

    Se fueron cerrando los círculos y se agotaba la convocatoria a la expresiva unión que venía creciendo y celebrándose de cara a la esencia, que inexorablemente se convertía en poesía, que aspiraba a la entereza definitiva de alcanzar el aliento y el sollozo contenido en su vientre. Es cuando Luisa Cáceres de Arismendi es llevada a las cuatro paredes de una celda en el Castillo Santa Rosa, más tarde una sentencia de Arismendi abruma el sentido amoroso propiciado con tanto ardor en los jardines de la vieja casona caraqueña. No aceptando el canje de prisioneros por su esposa responde al emisario del opresor:

            - Diga usted al Comandante español que sin patria no quiero esposa.

Estas palabras después de muchos años se enfrentan a la interpretación de los hijos, que por inconsciente reparo ante un posible desamor del padre exige que el saldo sea dicho. Y respondió Arismendi con la firme convicción de un amor atrapado en lo más profundo de sí tanto por Luisa como por Venezuela :

            - Hijo, entonces como ahora, mi amor por tu madre ha sido siempre muy puro y entrañable, pero de nada nos habría servido lograr la vida de la esposa, si la Patria se perdía.

            La desesperanza enmarcó en un mar de lamentaciones la vida de estas dos almas, y Luisa es trasladada de un lugar a otro, mientras su esposo recibía a Bolívar y lo proponía como Jefe Supremo de la República en el Templo de Santa Ana del Norte. La identidad patriota es evidente en este simbólico y definitivo aporte a la causa humana que a partir de allí jamás detendría su vuelo.

            ¡Virgen del Valle! al fin juntos para siempre como siempre hemos querido.

            En su garganta no había humedad y Arismendi apretujaba la nada queriendo encontrarla. Eran las ansias que se agolpaban en su pecho haciéndolo frágil por verse de nuevo entre el regazo y el suspiro de ella, de su amadísima heroína.

            Al divisarla en la proa, al galope su corazón no hallaba el instante de responderle a la tardanza con el privilegio de ser el final del inmenso trecho recorrido. Había llegado la hora de curarse la herida del adiós, aquel adiós que tanto dolió en un costado que sin ella permanecía vacío, sin el esplendor de su mirada de luz.

La abraza y la nombra:

            - Mi Luisa, mi estrella, mi ser, mi todo, cuánto tiempo padeciendo tu ausencia. Eres la vida para mí. Sí, como no.

            Y ella agarrada para no dejarse caer apretaba sus labios y el cuello de él, mientras el perfume de mar los rondaba. Se miran y ella dice:

- Cuánto me dolió esta ausencia, yo me sentaba en mi soledad a mirarte, para huir de los malos pensamientos, y te decía en mi mudez...te amo tanto. Cuánto dolor en mi sombra, porque yo era de solo morirme...sola como estaba, sin escucharte, perdida en lo tardío por ser como el comienzo, por sentirte y alcanzarte como esa llama que nos alumbra.

            En lo siguiente fue alegría, ambos tomados de la mano aceptaban el aplauso de los juangriegueros que celebraban de nuevo la unión. Eran los momentos del beso, del te quiero, la escena hablaba por sí sola. La atmósfera dibujaba una llovizna impregnada de un cuento sin rastros de suplicio ni de imposibles.

La señal eterna del adiós

            Llegado el 22 de junio de 1841 muere el general Arismendi y Luisa Cáceres con toda la entereza del mundo ve crecer sus once hijos que para ella fueron su claridad, frutos del amor más grande jamás pensado por mujer alguna:

            De nuevo estoy sorprendida mientras la vida crece a mi lado y el de mis hijos, escuchando las voces de los que se han marchado para siempre clamando el descanso que Dios les depara. No puede haber en mí arrepentimientos, porque lo que he hecho es amar, solo amar a Juan Bautista. Todos los instantes desde el primer día fueron felices, pude hacer del dolor un signo que me acompañó por encima del vencimiento o abandono a lo que sentía mi corazón.

            Sólo me cuento lo feliz que soy, porque las penas han desaparecido de todos los rincones de mi alma, al tiempo jubilosa me siento de ser amada por los recuerdos de mi amado en los luceros que son nuestros hijos...adiós Juan Bautista. El cansancio ha sido mi arma para seguir queriéndote y no me quejo por ser ese amor tan grande que llevo en todo lo que soy...tuya.

            Se retiró Luisa del altar donde reposaba la imagen santa de la Inmaculada Concepción, para visitar el pequeño jardín donde también habitaban tiempos de felices estancias, sin darse cuenta que las lozas humedas por la mañana, guardarían para la eternidad sus huellas. Allí resbala golpeando su cabeza con uno de los escalones de la escalerilla. Su final mirada fue a dar contra la mata de catuche que pretendía regar. Había sido un regalo del General. Tenía 66 años cuando murió.

            Fue el texto anterior su carta de despedida, allí fundió el amor por Juan Bautista y el de sus hijos, fue su poema postrero, su instintivo saber que pronto estaría al lado de él en el Corazón y Gloria de la Patria.

Al final ha de seguir la vida

(a modo de conclusión)

No es que toda la vida de Luisa Cáceres se resuma en estos versos insertados en la cronología de luchas de Juan Bautista Arismendi. Fue más intensa que el tratamiento que pretendo asignarle a tantas dichas y desdichas agolpadas en trazos evidentemente de enamorados. Es la conjunción de lo espiritualmente ganado para evidenciar la manera amorosa con que la Patria reclamaba como parte de la férrea lucha contra los venidos de ultramar. Son, y seguirán siendo Luisa Cáceres y Juan Bautista, los seres que argumentaron la consecución de una concepción poética a través del dolor, a través de una impredecible constancia de amarse libremente sin los nudos en sus gargantas, de sentirse atrapados por los juegos irónicos de la existencia.

            Sus vidas siempre fueron la esperanza, la misma que la poesía cuando es pretendida por la preclara afinidad de quien la escribe y quien la recita y quien la siente. La prosa vive en ellos, la intensidad que al paso de los versos (días o años) se vuelve colectiva y es la demostración que damos ahora cuando celebramos 200 años del nacimiento de la heroína. Justo es el momento, entonces, para asirnos a esta contagiosa declamación, que relata la dramática aparición ante nosotros de la propensión de querer mostrarnos abiertamente, que el dolor del espíritu en su lenguaje más sincero puede alcanzar visos de madurez ante la ausencia. Más el dolor corporal se deshace con esperanzas. Y son estos los elementos que conforman la obra de Luisa Cáceres de Arismendi, un amor indescriptible por el General Juan Bautista Arismendi y por sus hijos.

            La estrategia en estas líneas es descifrar (en parte) cómo en los argumentos que propiciaron los diálogos, vienen apareciendo entrecruzados en el desarrollo de una historia que llevamos en la memoria y que nunca sufrirán el borrón porque la vida de Luisa Cáceres y Juan Bautista es una poesía bien escrita por Dios.

Fuente consultada

1)         Mata, Bartolomé.

            «Luisa Cáceres de Arismendi. Heroína, Patriota y Mártir».

            Ediciones Tripoide - Caracas. Venezuela, 1991

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