IWORLD

 

Número 40. Jul de 2001

 

Acabar o no con la selectividad

El ruido provocado por el anuncio del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes de sus intenciones de eliminar la selectividad a cambio de implantar una reválida al final del bachillerato y de arbitrar un sistema de selección por centro universitario, no ha permitido un análisis más serio que el a bote pronto.

Bien es verdad que con los escasos datos aportados por el MECD no se puede construir una crítica seria ni plantear alternativas a lo que parece que no es el típico globo sonda de la actual administración. La mayoría de las aportaciones que se encuentran en la Red, que son muchas, están poco elaboradas, pero al menos permiten hacerse una idea de por dónde va el debate, que es eminentemente político. En una encuesta realizada entre los sindicatos de profesores (CCOO, UGT, STES y CSI-CSIF), el Sindicato de Estudiantes y las asociaciones de padres, por el diario El País el 12 de marzo (www.gudarjavalambre.com/pren sa_escrita/0103/010312_pe.htm) todas las entidades rechazan la reválida, y sobre la selectividad opinan que ha fracasado.
La discrepancia se hace patente cuando se habla de las pruebas sustitutorias que propone el Ministerio. Para CCOO “la selectividad actual ha fracasado, no sirve ni para medir conocimientos ni para ordenar el acceso a la Universidad. Hay que replantearse la prueba en profundidad, o suprimirla y cambiarla por un primer curso selectivo. Que cada universidad organizase sus pruebas de acceso iría en contra del concepto de distrito único e introduciría una casuística de admisiones perversa, porque cada centro elaboraría el examen de acuerdo a su oferta de plazas”. La CEAPA, que siempre ha estado en contra de la selectividad, discrepa con la propuesta ministerial: “si de lo que se trata es de cambiarla por un sistema que no garantice la igualdad de oportunidades como lo hace el actual, es mejor dejarla tal y como está”. No llegan a decir si es bueno o malo que las universidades hagan la prueba de acceso, siempre y cuando se explique el por qué y concluyen diciendo que se temen lo peor. Lo más llamativo de éstas y otras afirmaciones es que la selectividad, que ha sido tan criticada y desde hace tantos años, no haya generado alguna alternativa que pudiera presentarse ahora a las autoridades.
Estos pocos datos y opiniones no coinciden con lo publicado por el diario El Mundo y recogido en sic.uji.es/com/revista/9907/01/99070181nd.html. Se trata de una encuesta realizada por Quota Unión-Sigma Dos entre un millar de alumnos de y para la Universidad Europea CEES, como si estos fueran representativos de los universitarios españoles. Según la misma, el 90% de los estudiantes de esta universidad privada opinan que la selectividad no es la forma más adecuada para determinar si una persona está capacitada para el acceso a los estudios superiores. El 47,4% de los alumnos piensa que obtener la nota deseada en la citada prueba es una cuestión de suerte. Los baremos más deseados para el acceso a la carrera elegida son «sólo el expediente académico» (37,3%), «expediente de acceso más prueba de acceso específica» (24,9%) y «sólo una prueba de acceso genérica para las facultades con más demanda que oferta» (16,5%).
Mucho más seria es la polémica recogida por la agencia de comunicación Uno.com (www.uno-contenidos.com/Semana36/SOCIEDAD/REPORTAJES/REPOR1/repor1.htm). Se resume la evolución de los dimes y diretes que se han vertido sobre el asunto. Lo que queda claro es que nadie quiere la selectividad, pero tampoco la solución que plantea la Administración. Uno de los argumentos esgrimidos por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes es que con la supresión de la selectividad se pretende implantar un sistema análogo al europeo. Una de las ventajas de este nuevo sistema –dicen las autoridades– será que las universidades públicas establecerán mecanismos de colaboración para que los alumnos no tengan que desplazarse para presentarse a pruebas de acceso. Además, en muchos centros sólo se tendrán en cuenta las notas de bachillerato. Ser como Europa, vienen a decir, como si todos los países europeos tuvieran las mismas normas de acceso y como si todos ellos pudieran presentar un éxito rotundo en la enseñanza y, por tanto, fueran dignos de imitar.
Las organizaciones de estudiantes (www .terra.es/educacion/articulo/html/edu40 61.htm), desde diversas posiciones ideológicas son reticentes a la propuesta ministerial. Así, la Confederación de Estudiantes (CES) cree que habrá que esperar hasta que las universidades se definan, por temor a que los criterios de admisión se establezcan de manera arbitraria y sin control. El Sindicato de Estudiantes (SE) califica de “demagogia ramplona” la supresión de la selectividad en la nueva Ley de Universidades y el establecimiento por cada universidad de los procedimientos para la admisión de alumnos. No se va a eliminar ningún examen –vienen a decir– pues serán las propias universidades las que adaptaran sus propias pruebas al número de plazas que ofrecen. El Consejo de la Juventud de España (CJE) considera “una auténtica barbaridad” que cada universidad establezca sus procedimientos para la admisión de alumnos ya que repercutirá negativamente en la calidad de la enseñanza e irá en detrimento del derecho de igualdad de oportunidades para cursar estudios universitarios.
En las páginas web de la Universidad de Granada, bajo el título Reflexiones sobre la selectividad (cidu.ugr.es/prensa/2000/julio/ I1407001.htm) se publica una opinión cuyo tono está muy en la línea de lo que ha sido el cuestionamiento a la prueba de selectividad basado en el síndrome que produce en los alumnos y los padres. El autor analiza la necesidad de la prueba desde varios puntos de vista. El método alternativo que propone es seguro que no gustará a muchos, pero al menos hay propuestas.
El catedrático de Instituto Joan Estruch Tobella, profesor del ICE de la Universidad de Barcelona, participa en el debate con un artículo, El debate educativo: lo accesorio y lo fundamental, (www.terra.es/personal3/anpebes/PREMSA01.htm), en el que critica que el debate sobre educación se ha basado las más de las veces en asuntos de carácter curricular y organizativo. Aunque el artículo hace referencia a la LOGSE, es interesante observar cómo pone el dedo en la llaga: “Hay que relativizar la importancia de las fórmulas organizativas y curriculares y, sobre todo, no revestirlas de oropeles ideológicos. Las políticas educativas se definen con otros parámetros, como la existencia o no de una oferta pública de calidad, asociada al Estado de bienestar. Eso es lo que tienen en común sistemas educativos como el alemán, el sueco o el francés. En Estados Unidos, la escuela comprensiva se sitúa en un contexto de mercado competitivo. Todos los alumnos cursan un mismo currículo, pero en centros socialmente muy distintos. El valor social de un sistema educativo hay que medirlo por su capacidad para fomentar la cohesión y la permeabilidad social. Y este objetivo se puede alcanzar o se puede frustrar usando variadas fórmulas organizativas y curriculares”.
Angel Cervera Rodríguez, catedrático de Lengua y Literatura, hace un razonado análisis en comunidad-escolar.pntic.mec.es/642/tribuna.html. “En un sistema educativo que propugna la obligatoriedad de la enseñanza y la necesidad de que todas las personas tengan las mismas posibilidades resulta al menos chocante que la selectividad sea un parapeto desvirtualizador del sistema. Está claro que las instituciones de la educación han de buscar los medios para lograr que las personas a las que educa bajo el paraguas de la libertad puedan elegir libremente llegado el momento de hacerlo. (...) Cualquiera que haya seguido durante los últimos años el proceso de las pruebas de selectividad sabrá que el número de alumnos que llega al último curso de Enseñanza Media, COU en el anterior sistema o 2º de Bachillerato en el actual, no supera el 50% de los que se matricularon inicialmente en 1º de BUP o 3º de la ESO. Podemos comprobar que de este 50% aproximadamente el 60% aprueba y tiene abierta la puerta de presentarse a las pruebas. Cerca del 90% de este porcentaje sobrepasa el nivel exigido. ¿Para qué sirve la selectividad si no para saber si los estudiantes formados por las instituciones educativas han alcanzado los objetivos previstos y han demostrado la madurez que la sociedad les supone? Creo sinceramente que ahí debería acabar el proceso y permitir que todos los que la hayan superado pudieran continuar los estudios en los que creen rendir mejor sin impedimentos aparentes”.
La nueva reforma de la selectividad abre un espacio de reflexión y debate sobre la función y naturaleza de estas pruebas, cuya reforma parece inminente.

 Piedad Bullón. [01/07/2001 ]