Derechos ciudadanos en la era de Internet

Susana Finquelievich

CONICET / Instituto de Investigaciones Gino Germani

Facultad de Ciencias Sociales

Universidad de Buenos Aires

Sfinquel@ciudad.com.ar

¿Qué son los ciudadanos, hoy?

¿Cómo se definen los ciudadanos en el fin del milenio? Un hecho es cierto: ya no se definen por su derecho a habitar, producir, reproducir la polis, lo que implica también una actitud política activa, sino por su capacidad o incapacidad para consumir. Como plantea García Canclini, en una frase que ya es un clásico, ya no se trata de ciudadanos, sino de consumidores. ¿Qué rol pueden jugar las tecnologías de información y comunicación (TIC) en este proceso, para ayudar a que los ciudadanos recuperen sus derechos como tales? ¿Y cuáles son los derechos de los ciudadanos en la Sociedad de la Información? Este trabajo tratará de responder a estos interrogantes.

``En el árbol estábamos mejor"

``Lo que mata no es la bala", me decía un amigo mostrándome una, de calibre 22. ``¿Ves? Te puedo hacer tic, tic en la cabeza con ella y no pasa nada. Lo que mata, es la velocidad a la que va la bala". Lo que mata es la velocidad es una de las angustias fundamentales de los seres humanos (sobre todo la de los mayores de 40 años) en las ciudades del fin del milenio, relacionadas con los avances tecnológicos, fundamentalmente los de la informática. La íntima relación entre tecnologías de información y comunicación y ciudad ha recorrido el imaginario colectivo al menos desde el siglo XIX. En 1926 Fritz Lang desplegaba computadoras y televisores de circuito cerrado en su clásico film ``Metrópolis". Películas posteriores, como ``Blade Runner" o ``Brazil", o las más reciente ``Matrix", los libros de clásicos de la ciencia-ficción como Isaac Asimov o Richard Simak, historietas como ``Ficcionario" de Altuna o las del francés Moebius identifican la ciudad como locus por excelencia de producción, difusión y consumo de las últimas innovaciones tecnológicas. La ciencia-ficción relata casi siempre hechos que ocurren en medios urbanos, la mayoría de las veces emergentes de una catástrofe causada precisamente por el descontrol de la tecnología, convertida en nuevo monstruo de Frankenstein desatado, o por clases dominantes tecnocratizadas al extremo. El campo, en cambio, se presenta como un paraíso bucólico y a-tecnológico, el último refugio al que se puede escapar de robots desencadenados, replicantes, controles informatizados del pensamiento o efluvios post-nucleares, donde el ser humano no se siente amenazado por la rapidez de los cambios y donde no está obligado a aprender continuamente nuevas habilidades tecnológicas sólo para poder seguir viajando como pasajero en el tren de la historia.

Esta representación de la interfase ciudad-tecnología, ya sea catastrófica o idealizada, incorporada en las artes y en la imaginación popular, ha tardado sin embargo en ser recogida por los científicos sociales. Sólo en la década del 80 los sociólogos urbanos comenzaron a ocuparse del tema. Este proceso se aceleró en Argentina a partir de 1995, año en que la Internet comenzó a difundirse velozmente en el país. Lamentablemente, una tendencia que creció entre un sector de la intelectualidad, y paradójicamente entre los mas progresistas, fue la demonizacion de la tecnología, el concepto de que actúa como agente ``deshumanizador", ``individualista y aún, en casos extremos, ``enemigo de la reflexión y el conocimiento". Como dice el español Luis Angel Fernández Hermana, crece el sindrome que él llama ``En el árbol estábamos mejor". Se rechaza una tecnología dúctil y flexible en vez de reflexionar sobre cómo apropiársela y hacer que sirva a intereses sociales, y no puramente de mercado.

Afortunadamente, una parte del sector asociativo ha comenzado a explorar el universo de la aplicación práctica de la tecnología. En los países más desarrollados y en un número creciente de países periféricos ha demostrado no sólo sus posibilidades de mejora de la gestión urbana y de optimización de la calidad de vida de los ciudadanos, sino también sus potencialidades como instrumento alternativo de participación ciudadana, de educación y formación constante, de herramienta no desdeñable para la salud física y mental de la población. Pero para que esto se cumpla, es necesario tener en cuenta una condición previa: La informática y las telecomunicaciones serán realmente útiles para nuestra sociedad, en el sentido más amplio, sólo cuando las computadoras estén unidas por una infraestructura al igual que un sistema vial o una red de energía eléctrica y la población tenga acceso a esta red como a un servicio público más.

Las aplicaciones de las TICs en el campo social

Hasta el presente, las aplicaciones de las TICs han tenido su mayor mercado en la industria, el comercio, los servicios financieros y sociales, la administración del sector público y fundamentalmente, en el ámbito militar. La tecnología se ha desarrollado sobre la base de estos mercados. El comercio y la industria han patrocinado el desarrollo de la tecnología hacia sus propias aplicaciones. Sin embargo, hasta el presente no se ha contado con un patrocinio semejante para desarrollar la tecnología hacia aplicaciones humanas y sociales. Al mismo tiempo, sólo recientemente la tecnología ha llegado a un punto de suficiente adelanto y bajo costo como para que sea económicamente factible su utilización a gran escala en el sector social. En consecuencia, la mayor parte de la población mundial ha tenido poco o ningún contacto con la tecnología informática, ni se ha beneficiado directamente de ella hasta la fecha.

Afortunadamente, esto está cambiando, y con mayor velocidad que la que se supone. Muchos programas sociales alrededor del mundo han mostrado cómo las tecnologías digitales pueden ser utilizadas no sólo en los medios urbanos carenciados, sino también en el ámbito rural, y por gente analfabeta totalmente carente de conocimientos acerca de la tecnología informática. Existen miles de ejemplos; los siguientes nos dan una breve idea de sus potencialidades:

Una serie de municipios argentinos comparte sus experiencias e intercambia información mediante una red electrónica. Los pacientes de un centro de salud mental se relacionan en un foro electrónico para ``ensayar" las relaciones sociales antes de practicarlas en el ``mundo real". Una asociación destinada a cambiar las formas tradicionales de mercado mediante el trueque de bienes y servicios entre sus socios se presenta en el ciberespacio por medio de una página web. Una red de profesionales europeos de salud mental aspira a la creación de la ``Sociedad de la Inspiración", como versión humanizada de la Sociedad de la Información. La comunidad judía de Buenos Aires mantiene su cohesión, conforma su vida social y cultural, dispara debates políticos y se comunica con las de otros países mediante redes electrónicas. ¿Qué tienen en común estas experiencias? La respuesta más obvia parecería ser: el uso de comunicación mediatizada por computadoras. Pero la verdadera respuesta va más allá: todos estos grupos están incrementando sus potencialidades mediante la CMC. Pueden extraer la información que necesitan de las redes informáticas, darse a conocer, informar a la comunidad en general sobre sus objetivos y formas de trabajo, ganar respaldo y sobre todo, reposicionarse en las estructuras de poder locales. En cierta forma, lo que tienen en común es su actuación en redes horizontales, en una suerte de recuperación de las formas tradicionales de la democracia directa y de la vida comunitaria.

Las tecnologías de información y comunicación (TIC) y la comunicación mediatizada por computadoras (CMC) ¿poseen un alto potencial de democratización y de refuerzo de la vida comunitaria, como argumentan sus defensores, o son una trampa más tendida por los sectores en el poder para distraer al sector más cuestionador (o al más ingenuo) de la población, como denuncian sus detractores? Lo que planteo en este trabajo, además de un breve análisis de las comunidades virtuales en su forma actual, particularmente en su relación con las ciudades, es que, como toda herramienta de comunicación desde el comienzo de la humanidad, las TIC y la CMC están investidas de ambos poderes: informar y desinformar, hacer circular esta información, deformarla o bloquearla, facilitar la organización comunitaria o desarmarla volviéndola inofensiva. Según Robert Markley (1996), autor de "Realidades virtuales y sus descontentos", el ciberespacio no puede separarse nunca de las políticas de representación, precisamente porque es la proyección de los conflictos de clase, género y raza a los que la tecnología a la vez engloba y busca borrar. La tecnología no escapa a la política, así como tampoco lo hacen las nuevas formas de comunicación derivadas de ella.

Por el momento, un número creciente de organizaciones comunitarias argentinas está utilizando la tecnología informática para reforzar y extender los alcances de sus acciones, erigirse en interlocutores válidos frente al gobierno local, asociarse con otras organizaciones en el ámbito regional, nacional y/o internacional, dar a conocer sus acciones, acceder a fuentes internacionales de financiación, y adquirir una fuerza que antes no tenían.

Los derechos ciudadanos en la Sociedad de la Información

¿Cómo pueden implementarse las aplicaciones sociales de las TIC en u país como el nuestro, en el que la penetración de Internet no supera el 1% de promedio en el continente, en el que siete de cada diez personas e nivel socioeconómico D y E (56% de la población) no tienen teléfono, en el que nueve de cada diez no tienen computadora personal? (Zlotogwiazda, 1999). Evidentemente, la difusión del acceso a las TIC dependerá en gran medida del estado, y de sus articulaciones con el sector privado y el sector asociativo para implementar políticas en esta dirección. Sin embargo, esto no está aún contemplado por los políticos que se disputan las elecciones presidenciales de octubre de 1999. La plataforma presentada por el radical Fernando de la Rúa sólo menciona dos veces la palabra Internet, pero su propuesta en este sentido se limita a ``Promover el acceso a Internet a tarifas telefónicas planas con el fin de incrementar su uso, por considerarlo un instrumento fundamental para promover el acceso al conocimiento". El candidato Justicialista, Eduardo Duhalde, no ha dado a conocer plataforma alguna (Zlotogwiazda, 1999).

Sin embargo Internet está comenzando a ocupar un mínimo lugar en las discusiones políticas, como las que sostuvieron el Presidente Menem y el candidato a Vicepresidente por la Alianza, ``Chacho" Álvarez, en la tercera semana de julio de este año, en la que el segundo le reprochaba al primero su falta de interés por facilitar la difusión de Internet, atribuyéndola a ``miedo a la transparencia". Tímidamente, el uso y difusión de las TIC está apareciendo como tema en el juego político.

En este panorama, ¿Cuáles son los posibles derechos de los ciudadanos en la emergente Sociedad de la Información? Desde esta reunión pueden formularse algunas propuestas:

Las TIC, por sí mismas, no generan un incremento de al participación ciudadana, ni alientan la superación de barreras sociales o económicas. Las TIC no son intrínsecamente democráticas. Son (¿sólo?) herramientas para comunicarse, establecer lazos y relaciones, y servir como soporte a las masas de información en las que se basa el actual sistema económico-político. Pero el acceso a las TIC es la condición sine qua non, un paso indispensable para cualquier proyectos social que busque promover esos valores.

La flexibilidad de las TICs

La revolución de la información está haciendo posible cosas que difícilmente hubiéramos podido imaginar hace apenas cinco años (basta considerar que Internet se implementó en Argentina sólo en 1995), y apenas hemos visto el comienzo, un trocito infinitesimal de la punta del iceberg de lo que la tecnología tiene para ofrecer. Sin embargo, la revolución que se está llevando a cabo ante nuestros ojos entraña más que sólo la tecnología y las maravillas físicas que ésta puede realizar. Este nuevo medio de comunicación permite la estructuración de un nuevo pensamiento y de nuevos enfoques para abordar toda la dimensión humana/social del desarrollo. Las TICs le dan un nuevo significado a los términos "desarrollo / capacitación de los recursos humanos" y "formación de capital humano".

Los gobiernos, las ONGs, los programas sociales auspiciados por la industria y otras fuentes de financiamiento pueden cubrir los costos de la tecnología mientras los usuarios reciben los beneficios derivados de ella. Las tecnologías interactivas, conectadas en red en el ámbito local, nacional y mundial, permitirán posibilidades a todos estos usuarios en formas hasta ahora imposibles. En contraste, gran parte de las nuevas inversiones en servicios burocráticos gubernamentales es absorbida por su mismo funcionamiento, generalmente rindiendo más a los servicios que a los supuestos beneficiarios.

Hasta ahora, un porcentaje muy pequeño de las muchas aplicaciones exitosas de la tecnología en el sector social ha sido repetido a gran escala. Cada una ha sido el resultado de un esfuerzo independiente y aislado de un programa, de una empresa, una ONG o de una institución, y el mandato o los recursos de cada iniciativa no contemplaban extender su éxito individual a gran escala. El problema, en general, es que, en cada caso, la tecnología tiene un rango de aplicación limitado, por lo que no justifica los costos de capital del soporte físico y lógico a gran escala, o su necesidad constante de mantenimiento.

Esta cuestión es sin embargo evolutiva. Primero, las computadoras se volvieron ampliamente accesibles en costo para su uso en la oficina. Cada organización, agencia gubernamental y profesión ha establecido, por su cuenta, sus propias bases y redes de datos su propio sistema tecnológico. Los costos de Internet están bajando a ojos vistas. Sin embargo, actualmente el costo de poseer, operar, mantener y actualizar la tecnología, así como la capacitación requerida para poder seguir ampliando todas estas redes paralelas y limitadas aplicaciones de la tecnología de redes a nivel nacional, ya no resulta demasiado elevado para cualquier país. La principal barrera no es la financiera ni la tecnológica, sino la de la cultura organizacional. En muchas organizaciones, los equipos no se utilizan a su máxima capacidad, generando una creciente desilusión y escepticismo con respecto a la tecnología. Este enfoque no es sostenible en la actualidad.

Es posible desarrollar un enfoque diferente, que pasa por cambios profundos en la cultura de las organizaciones. En vez de preguntar qué es lo que las computadoras, las bases de datos y las redes pueden hacer por cada organización y disciplina en forma separada, ahora podemos preguntarnos:

. ¿Qué es lo que un sistema que combina las capacidades de todas las tecnologías digitales (un sistema informático) puede hacer por todas las disciplinas y sectores, desde la gestión gubernamental hasta la salud, pasando por la participación comunitaria, la administración del medio ambiente y la educación?

. ¿Qué es lo que un sistema informático puede hacer por el espectro completo de actividades de intercambio de información, aprendizaje, administración, control financiero y gobierno que se requiere para un desarrollo descentralizado autosostenido?

. ¿Qué cambios son necesarios en el interior de organizaciones e instituciones para aprovechar al máximo las potencialidades de las TICs? ¿Qué transformaciones en la cultura organizacional serán necesarias, como incremento en la transparencia de la gestión, fluidez en las corrientes de información, formación continua de los usuarios, percepción diferente de las jerarquías?.

Esto abre las puertas de lo que podría llegar a ser el mayor mercado para la tecnología: sus aplicaciones en todo el sector humano/social del desarrollo (a saber, el aprendizaje interactivo, la formación continua, la participación comunitaria, la comunicación, la planificación, la administración, la creación de empresas de cualquier tamaño, la generación de puestos de trabajo, el crédito y el ahorro y el desarrollo de las personas, grupos y comunidades para que alcancen su desarrollo sostenible. Y, sobre todo, para extender y defender los derechos de los ciudadanos en la Sociedad de la Información en al que ya vivimos. Conforme más personas vayan entendiendo y aceptando esto, se irá generando una nueva percepción acerca del papel y del potencial de la información y la comunicación en el proceso de desarrollo. Sólo entonces podrán convencerse de que lo que mata no es la velocidad, sino la incapacidad de apropiarse de tecnologías flexibles y posibilitadoras de lo que hoy, todavía, consideramos como imposible.

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