El huerto escolar del I.E.S. BOVALAR (Castelló): una estrategia para aprender la lengua de la tierra

 

         APRENDIZAJE DIALÓGICO         

         ENFOQUE ECOLÓGICO

         AMPLIACIÓN DEL TERRITORIO: ASOCIACIÓN ATENEU

         LOCUS AMOENUS

 

         Esta Actividad se inscribe en el programa de educación compensatoria que se lleva a cabo en el IES nº10 (Bovalar) de Castelló. Se trata de un proyecto educativo alternativo para atender las necesidades educativas especiales de unos grupos de alumnos peculiares.

 

         Soy J. A. Sáez-Benito, profesor de ámbito lingüístico y social adscrito al programa de educación compensatoria de este instituto de educación secundaria.  Después de trabajar once años en la enseñanza privada decidí cambiar de aires: me presenté a las oposiciones y contra todo pronóstico las aprobé ese año de gracia de 2002. Elegí este centro y mi primer destino fue este centro CAES en calidad de profesor de educación compensatoria. Actualmente estoy repitiendo destino aunque no ha sido fruto del azar sino una elección libre y plenamente asumida.

 

         La realidad que me encontré fue un poco desalentadora ya que los alumnos asignados al programa de educación compensatoria eran chicos y chicas con un historial nutrido de fracaso escolar, una baja autoestima, desinterés por los temas académicos, alto nivel disruptivo... Fue muy impactante porque en un primer momento daba miedo. Mi bautizo de aula en el sistema educativo público no tenía mucho que ver con mis ex alumnos del colegio de monjas. Sin embargo, el hecho de encontrar un equipo de trabajo cohesionado y motivado en el departamento de orientación hizo que las perspectivas cambiaran. De natural soy idealista, optimista y vital; me crezco ante las dificultades. Por eso, me eché al tajo con ánimo y serenidad siempre confiando en la naturaleza esencialmente buena de las personas y especialmente en el apoyo de mis compañeros de equipo.

 

         No parece que tenga mucha relación un huerto escolar con un filólogo profesor de lengua vernácula. Bien, como todo grupo de trabajo en equipo –era nuestro objetivo: trabajar con estos alumnos de forma cooperativa, nada menos- necesita previamente una comunicación espontánea, verbal y no verbal, fue por donde empecé. Necesitaba conocerlos, sus historias, sus deseos, sus miedos, sus ilusiones y al mismo tiempo ellos debían conocerme un poco en profundidad: mis expectativas, mi estilo etc. Así fuimos creando un clima de confianza que permitió el surgimiento de la idea del huerto escolar. Soy hijo de labradores de muchas generaciones y me gusta el campo. Les propuse hacer un huerto escolar. Les pareció bien y ya querían empezar. Teníamos muchos problemas, pero el más inmediato era que nuestro instituto no dispone de espacio para llevar a cabo el pretendido huerto. Por tanto teníamos la idea de un huerto pero ningún sitio donde llevarlo a cabo. Serio problema. Cerca de nuestro instituto – que se encuentra en parte de las instalaciones de un antiguo cuartel militar, Tetuán XIV de Castelló- el ayuntamiento tiene unos terrenos abandonados: todo está invadido por el cemento o el asfalto excepto un cuadrado de quince por quince metros, el patio de la antigua cantina de los soldados.

 

         Era un espacio lleno de malas hierbas de metro y medio de altas, basura, un palmo de grava apisonado por innumerables quintas de soldados. Los alumnos no daban crédito a sus ojos: aquel maestro loco pretendía hacer de aquel yermo un vergel. El primer paso fue pedir permiso al ayuntamiento para poder actuar sobre aquella porción de terreno. Esto nos brindó una oportunidad única para que los alumnos practicaran la redacción de una carta formal. Así, con la monitorización del profesor fueron comprobando que eran capaces de hacer algo de provecho. Les hizo ilusión dirigirse a las autoridades y recibir la aprobación.

 

         Ahora venía la parte más ardua: colonizar un baldío pertinaz. Los alumnos no tenían experiencia de trabajo en el campo. Comencé por contarles cómo era la vida de los labradores, de la agricultura tradicional etc. Ellos aportaban las anécdotas de sus familiares o pueblos de origen. Entre todos fuimos dándole forma al deseo: nos ilusionaba hacer un huerto y ya casi veían las plantas crecer en su imaginación.

 

         El siguiente paso fue comentar qué necesitaríamos: el sitio ya lo teníamos claro; después venían las herramientas... y las ganas. Hicimos una relación del equipo mínimo que haría falta y realizaron una estimación del presupuesto. Así, además de escribir, planificar, debatir, leer sobre huertos etc, practicaban también las asignaturas instrumentales de ciencias y matemáticas. Se trataba por tanto de aprender de forma indirecta por la vía de la experiencia. No usábamos libros de texto sino folletos, periódicos, manuales de agricultura, enciclopedias, personas que nos contaban su experiencia de agricultores y nos daban consejos, etc.

 

         APRENDIZAJE DIALÓGICO

 

         El método de aprendizaje era siempre dialógico: como Sócrates practicaba la mayéutica –el arte de “parir” entre todos el conocimiento a través del diálogo- nosotros debatíamos todo lo que se haría, cómo, cuándo, dónde, quién... Para ellos era una gran novedad: nunca se habían sentido tan escuchados ni se les había tenido en cuenta. Recuerdo la frase de Jonathan, alumno de 2º E, “Aquí mola porque no nos putean como en las otras clases” Seguramente se refería a que esta manera de trabajar le resultaba más próxima, más comprensible y útil para su próxima incorporación al mundo del trabajo nada más cumplir los dieciséis años. Así, con paciencia, cariño y exigencia, fuimos abriendo un camino de comunicación entre ellos y el profesor.

 

         Pero no todo era hablar, leer o escribir. “Siempre la misma manía, maestro: leer y venga a leer; escribir y escribir. ¿Para qué?” Salíamos al campo a nuestro flamante huerto-diamante en bruto: el ejercicio físico violento (cavar exige desgaste físico y resistencia a los callos etc) permitía desfogar la agresividad omnipresente y comprimida. El desánimo no tardaba en aparecer. Había momentos en los que el maestro era el único que persistía en la labor y los otros operarios se dedicaban a mirar a aquél loco que confiaba en encontrar arena bajo los adoquines, la grava las piedras y los matojos. Poco a poco fueron viendo que el trabajo daba frutos y se les fue contagiando la persistencia del maestro. Primero fue un metro cuadrado, después dos y por fin todo el huerto.

 

         Después de roturar hasta la saciedad aquellos terrones empecinados y tenaces pensamos en la necesidad de plantar. Nos documentamos sobre las semillas y plantas disponibles, las que podríamos necesitar y conseguir, etc. El huerto se fue transformando en caballones donde plantamos coles, fresas etc. Había que regar las plantas. Así que lo que hicimos fue pensar cuál sería la manera más idónea: concluimos que valdría la pena el riego por goteo. De nuevo teníamos por delante un motivo para documentarnos, redactar proyecto de instalación, planos, etc. Por fin ellos, con la ayuda del maestro, culminaron la instalación y las plantas pudieron crecer sorprendentemente bien.

 

         ENFOQUE ECOLÓGICO

 

         El enfoque del proyecto siempre fue ecológico. Si la ecología es según el DRAE “Rama de la biología que estudia las relaciones entre los organismos y el medio en que se encuentran” e incluso se habla de ecología social “Ciencia que estudia las relaciones de los grupos humanos con el conjunto de su medio, o, más exactamente, las interdependencias de las instituciones y los modos de agrupación de los hombres en el espacio”, será lógico pretender que el huerto escolar no sólo sea un lugar donde se cultiva para obtener un alto rendimiento económico.

 

         Tiene un planteamiento ecológico en el sentido que se opta por respetar los ritmos del terreno sin utilizar los fertilizantes o pesticidas químicos. Por esta razón, los restos vegetales que íbamos retirando se amontonaban en un rincón para clasificarlos y aprovecharlos más adelante. Con esta finalidad pensamos que sería buena idea añadir un compostero: el huerto pretendía ser un lugar de aprendizaje en contacto directo con la naturaleza y al mismo tiempo una estrategia de educación ambiental. Excavamos una zanja de un metro cuadrado de sección por diez de larga y allí enterramos toda la pinocha, restos de malas hierbas etc.

 

         Por una parte era un aprovechamiento de biomasa como fertilizante. Por otra, era también una metáfora: los residuos, debidamente tratados podían ser útiles. Aquellos alumnos con la autoestima tan dañada, sin expectativas, que se veían como casi el detritus de esta sociedad tenían una posibilidad. Hacía falta limpiar sus vidas de tantos malos hábitos, de tantas malas hierbas como la dejadez y la falta de cuidado hacia sí mismos, pero al final la naturaleza buena de cada persona sale a relucir si se la cultivababa como corresponde.

        

         El huerto siempre ha sido un modelo de vida respetuoso con el medio, más acorde y adaptado al entorno donde nos encontramos. No se trata de hacer moralina sino de dar un sentido más lógico, más natural, a la vida: Frente a los modelos de felicidad artificial basados en el abuso de sustancias psicotrópicas tenían la oportunidad de practicar la vida sana en el campo, como se ha hecho desde tiempos ancestrales. Cabe reseñar la anécdota de la siembra masiva de marihuana en nuestro huerto. Prácticamente todos los alumnos del programa tienen plantas de “maría” en sus casas, parece que consentido por sus padres y que hacen uso de ellas. Por supuesto que la primera propuesta fue la de plantar toda la parcela de dicha planta. Se descartó por razones obvias. Aquello llevaba camino de acabar como la famosa película de J.L. García Berlanga  Todos a la cárcel. No obstante, un día aprecié que había un mantillo de hierba por todo el huerto. Cuando me detuve a analizar la forma de las hojas tuve claro que aquello era marihuana. Lo planteé en la asamblea del grupo y reconocieron que lo habían sembrado a mis espaldas. Acordamos arrancar todas y cada una de las plantitas y destruirlas con gran disgusto para la mayoría, pero comprendían que no podía ser de otra manera.

 

         Otro aspecto interesante era el consumo de agua para el riego. Estuvimos estudiando las cantidades necesarias en el método de riego a manta y en el goteo. Mientras algunos políticos reclaman “agua para todos”, transvases para urbanizaciones y campos de golf, nosotros tratábamos de administrar bien los recursos escasos que teníamos. El valor de la sobriedad en todos los órdenes se trabajaba dado que los recursos del planeta, del huerto y de cada persona son limitados. De hecho, el huerto escolar pretendía ser todo un modelo de vida alternativo, un lugar privilegiado para el cultivo de los valores y las actitudes sanos.

 

frente a                                                       alternativa propuesta

modo de vida enajenado con drogas              modo de vida natural, sin drogas

consumismo irracional, sin límite                   sobriedad y sostenibilidad

contaminación sin freno                                reciclaje, reutilización, reducción

 

         Para poder poner en práctica el riego localizado estudiamos la manera más conveniente de realizar la instalación. Fue una buena ocasión para poner en juego el aprendizaje dialógico. Desde el cálculo de la sección de las conducciones en función del caudal requerido para satisfacer las necesidades hídricas de la parcela, a la distancia entre los goteros, la posición de la tubería común, todo nos servía para aprender: realizar bocetos, mapas conceptuales, redactar el proyecto, calcular volúmenes, superficies, trabajo con escalas, técnicas simples de fontanería con polietileno. Además, en todas las fases cabía la mejora con aportaciones de cualquiera de los participantes sobre el terreno etc.

 

         Así el huerto se fue haciendo una realidad donde se aprendía al mismo tiempo que se vivían experiencias relevantes. Cuando se celebró la semana cultural, participamos montando un puesto de mercado tradicional para vender los productos que habíamos cultivado. Fue una ocasión preciosa para aprender a planificar, decidir precios, estrategias de publicidad y venta, cooperar en la realización del stand etc. Al mismo tiempo que los alumnos veían la plasmación de sus esfuerzos en unos frutos que tenían además de una alta calidad un precio que servía de reconocimiento. Era, por otra parte, una estrategia de comunicación de las actividades del programa en relación con el huerto hacia el resto del instituto.

 

         Una prolongación de la actividad del huerto escolar fue la del taller de cocina cooperativa con los productos cultivados. Nuevamente se abría una oportunidad para poner en común los distintos estilos culinarios de los alumnos, decidir qué tipo de recetas serían adecuadas, documentarse, redactarlas, elaborarlas y finalmente degustarlas en ambiente de sana armonía.

        

         AMPLIACIÓN DEL TERRITORIO: ASOCIACIÓN ATENEU

 

         El huerto estaba bien atendido con los alumnos del programa de educación compensatoria pero se nos ocurrió compartirlo con los afectados de daño cerebral del centro Ateneu. Fue la culminación del proyecto ya que significaba la apertura a otros colectivos, la asunción de la solidaridad como práctica diaria del proceso de aprendizaje.

 

         Además, la nueva relación con los afectados de daño cerebral nos marcó el reto de adaptar el huerto a las limitaciones de las personas discapacitadas. Así, pusimos en marcha otro taller anejo al del huerto: la realización de rampas para que pudieran acceder las sillas de ruedas, una acera a lo largo del orillo del huerto para que pudieran acceder los afectados más severos y pudieran disfrutar en directo de las plantas. Finalmente se ha culminado esta adecuación con la instalación de un lavabo adaptado de tal manera que lo puedan utilizar los afectados que participan en el huerto y también los que trabajan en el taller de cerámica que se encuentra en la antigua cantina, al lado del huerto.

 

         De esta manera, el proyecto de trabajo del huerto ha cobrado vida propia y en la actualidad lo gestionan con el mismo estilo inicial otro grupo del instituto, los integrantes del programa de diversificación curricular con su profesora de biología. Desde el departamento de orientación lo pusimos en marcha y en la actualidad es un recurso más de la comunidad educativa. los alumnos “peores” han hecho posible una experiencia bonita, productiva educativamente y la han brindado al resto de sus compañeros; como solemos decir, se trata de una integración “al revés”: los alumnos de educación especial han ofrecido algo de mucho valor al resto del instituto, al entorno: se ha ampliado el territorio.

 

            LOCUS AMOENUS Y ARRAIGAMIENTO

        

         Los alumnos de unos barrios periféricos de una ciudad como Castellón se encuentran distantes de la cultura académica, de entornos como unas aulas etc. Sin embargo, el espacio natural de un huerto al aire libre, a cincuenta metros del recinto estricto del instituto, les resulta mucho más acogedor y propicio para el aprendizaje. Si en la literatura pastoril y bucólica existe el tópico del locus amoenus, o sea, el lugar ameno y agradable nosotros lo hemos aplicado a la realidad: el huerto es y ha sido un espacio de experiencias positivas, incluso a pesar de los conflictos. Por ejemplo, aprovechando la climatología favorable que se da a lo largo de la mayor parte del año, las actividades en el huerto se iniciaban cada semana con la lectura en voz alta de la prensa del día. Libres de las ataduras de la dinámica de una clase convencional, se practicaba la lectura en voz alta, la escucha activa, el comentario, el diálogo enriquecedor, la adquisición de vocabulario general, la selección de información, el sentido crítico. Así era posible aprender la lengua propia de nuestra tierra en contexto, en un huerto y esto se ha mostrado muy beneficioso para el ambiente de la clase y el progreso de los alumnos que es de lo que se trata.

 

         El huerto es el lugar más indicado para las celebraciones de hermandad que periódicamente tienen lugar en forma de asados a la parrilla, paella o sencillos almuerzos donde las personas se reencuentran con sus orígenes o con las raíces  de su tierra adoptiva al mismo tiempo que se cohesionan como comunidad educativa que se convoca para aprender y vivir juntos. Cabe citar la evolución de la actitud sociolingüística de la mayoría de los participantes: en un principio, el profesor hablaba siempre en la lengua vernácula puesto que es su especialidad y los alumnos solían protestar y reclamar que se les hablara en ‘cristiano’. Hacia el final del curso, cuando este mismo profesor llevado por la inercia del grupo se pasaba a hablar castellano le increpaban “¿por qué hablas castellano?” e incluso se lanzaban a utilizar el valenciano en el ambiente informal. Un huerto nos había conectado con nuestra cultura propia, lengua, costumbres e idiosincrasia.